Ganadería
¿Es posible hacer ganadería regenerativa?
La ganadería es responsable de algunos de los grandes problemas ambientales de nuestro tiempo. Es una de las principales causas de deforestación en América Latina y la región amazónica. El ganado ocupa enormes extensiones de tierra, produce metano y, cuando el pastoreo se maneja mal, puede compactar y erosionar los suelos y reducir su capacidad para almacenar carbono.
En Colombia, el problema se ve con especial claridad. Cerca de 40 millones de hectáreas están dedicadas a la ganadería, mientras que las estimaciones de tierras con verdadera vocación ganadera están entre 10 y 15 millones.
Así que no queremos empezar este artículo defendiendo a la ganadería. Queremos empezar reconociendo su problema.
Pero también hay una realidad que no se puede ignorar: muchas familias dependen de la ganadería para vivir, y nuestra alimentación también depende de ella.
Por eso la discusión es más compleja que decir si la ganadería debería existir o desaparecer. Si millones de hectáreas ya están dedicadas a producir alimentos y millones de personas dependen de ellas, la pregunta más urgente es otra:
¿Podemos hacer una ganadería que produzca alimentos regenerando el lugar donde los produce?
La respuesta corta es sí, y se trata de transformar el sistema.
Las tres piezas del sistema
La ganadería regenerativa es una rama de la agricultura regenerativa, aplicada al potrero. Se practica en lo que se llama un sistema silvopastoril: un potrero donde conviven a propósito el pasto, los árboles y el ganado, en vez del potrero pelado de siempre. Se sostiene sobre tres cosas que se necesitan entre sí: suelo, pasto y árboles. Si falta una, las otras dos no alcanzan.
Partimos de la formación con la Fundación CIPAV, que lleva décadas investigando estos sistemas en Colombia. Adaptamos el conocimiento a nuestro terreno, nuestra altura, nuestro clima y las especies de árboles que funcionan aquí. Es lo que hoy enseñamos en nuestro curso de ganadería regenerativa.
El suelo: que la boñiga entre
En una ganadería convencional, la boñiga puede verse como un estorbo. En una regenerativa es uno de los principales insumos de la finca. Y es gratis.
Cada deposición aporta materia orgánica, nitrógeno, fósforo, potasio y una enorme cantidad de microorganismos. La clave está en que todo eso termine dentro del suelo.
Una boñiga que se queda secando al sol sobre un potrero duro se aprovecha poco y, además, puede convertirse en criadero de moscas. Los escarabajos estercoleros hacen exactamente el trabajo contrario: parten la boñiga y la entierran en pocos días. Al hacerlo llevan materia orgánica hacia la zona de raíces, abren pequeños túneles por los que entran agua y aire, y ayudan a romper el ciclo de las moscas y de algunos parásitos.
Son trabajadores que no cobran, trabajan todos los días y hacen parte de la infraestructura biológica de la finca. Y son de los primeros en desaparecer cuando se utilizan ciertos antiparasitarios de forma rutinaria.
Buena parte del manejo regenerativo consiste, sencillamente, en dejar trabajar a quienes ya están haciendo el trabajo.
El pasto: pastoreo corto, descanso largo
Un potrero se degrada cuando el ganado permanece demasiado tiempo en el mismo lugar, porque se come el rebrote tierno apenas aparece. La planta no alcanza a recuperarse y termina reduciendo su sistema de raíces para mantener el equilibrio entre lo que tiene arriba y lo que puede sostener abajo.
Con menos raíces, el suelo pierde estructura y queda más expuesto. Entonces llega el aguacero y se lleva la capa fértil.
La rotación busca invertir esa lógica. El ganado entra a un lote pequeño, aprovecha el pasto durante un periodo corto y sale. Después viene el descanso: semanas en las que la planta vuelve a crecer, recupera hojas y reconstruye raíces.
Un pasto bien manejado desarrolla raíces más profundas, ayuda a sostener el suelo y puede aprovechar mejor el agua disponible. También aporta materia orgánica al suelo y distribuye la fertilidad a través de las deposiciones del ganado.
Todo vuelve a estar conectado.
Los árboles: sombra, comida y fertilidad
Los árboles dan sombra. Un animal sometido a estrés térmico come menos y puede producir menos leche. Darle sombra es una decisión ambiental y también productiva. Eso se nota sobre todo en los veranos duros: lo contamos en cómo preparar una finca ganadera para la sequía y el calor.
Pero en un sistema silvopastoril lo que buscamos es diversidad, más que cantidad de árboles.
Distintas especies exploran distintas profundidades del suelo. Algunas producen forraje. Otras ofrecen frutos. Algunas florecen en épocas diferentes y sostienen poblaciones de polinizadores. Las leguminosas, además, pueden fijar nitrógeno y contribuir a la fertilidad del sistema.
Y hay árboles que cumplen una función especialmente importante: producir alimento cuando el pasto escasea.
Biodiversidad y control natural de plagas
Hay otro efecto que sorprende a quien viene de un manejo convencional.
Cuando los potreros tienen árboles, cercas vivas y una mayor diversidad vegetal, también aparece una mayor diversidad de fauna. Aves e insectos pueden ayudar a controlar plagas; los murciélagos cumplen su turno durante la noche; algunas avispas parasitan larvas; y los escarabajos estercoleros procesan la boñiga.
Las plagas siguen ahí y la finca sigue necesitando manejo, pero el sistema empieza a hacer parte del trabajo por sí mismo.
La investigación de la National Audubon Society, The Nature Conservancy, Fedegán y CIPAV encontró aumentos en la diversidad de aves de entre 1,4 % y 8,8 % en predios con determinados manejos silvopastoriles.
Una finca regenerativa nunca va a ser una reserva natural, y tampoco pretende serlo. Lo que muestra es que producir comida y sostener biodiversidad pueden convivir en el mismo terreno.
¿Y el carbono?
Esta es probablemente la pregunta más difícil. Si las vacas producen metano, ¿puede el sistema capturar suficiente carbono como para compensarlo?
Hay que mirar los dos lados de la cuenta.
Del lado de las emisiones, mejorar la alimentación puede reducir la intensidad de emisiones por unidad de producto. La investigación con especies forrajeras como la leucaena, en la que CIPAV y Fedegán llevan años trabajando, ha encontrado reducciones de metano que, dependiendo del sistema, pueden estar entre 12 % y 50 %.
Del lado de la captura, los sistemas silvopastoriles pueden almacenar carbono en la biomasa de los árboles y en el suelo. Algunas estimaciones de CIPAV y otros estudios nacionales sitúan esa captura en rangos de 3 a 20 toneladas de CO2 por hectárea al año, aunque las cifras varían mucho según el sistema, el suelo, el clima y la metodología utilizada.
Hay, además, otro matiz importante: el suelo no captura carbono para siempre al mismo ritmo. Un suelo degradado tiene mucho espacio por recuperar y puede acumular carbono rápidamente durante los primeros años. A medida que se acerca a un nuevo equilibrio, la tasa de acumulación disminuye.
Nada de esto cuenta si se tumbó bosque
Hay una condición que está por encima de todas las demás.
Si un sistema ganadero se montó tumbando bosque, el balance comienza con una deuda que ningún árbol sembrado después alcanza a pagar rápidamente. Un potrero con árboles, por bien manejado que esté, nunca va a reemplazar al bosque que había ahí.
Todo lo anterior sirve para mejorar la tierra que ya está abierta. No para justificar que se abra más.
La ganadería regenerativa no es una licencia para seguir deforestando. Si funciona, debería servir precisamente para lo contrario: producir mejor sobre la tierra que ya tenemos y reducir la presión por abrir nueva frontera.
Lo que cuesta de verdad
Sería deshonesto contar solamente la parte bonita.
La transición cuesta trabajo y, sobre todo, tiempo. Al principio hay más jornales: mover el ganado, controlar malezas con guadaña, sembrar árboles y mantenerlos vivos. A cambio, con el tiempo puede bajar la dependencia de herbicidas y fertilizantes y reducirse algunos gastos veterinarios.
Más que encarecer la ganadería, lo que hace es cambiarle la estructura de costos y, sobre todo, el momento en que se paga y el momento en que llega el beneficio.
Los costos llegan primero. Hay que pagar los jornales antes de que los árboles den sombra, y recuperar el suelo antes de que este empiece a devolver lo invertido.
Ese desfase es una de las principales barreras para la transición. Restaurar un suelo degradado toma varios ciclos productivos hasta alcanzar estabilidad y rentabilidad, y esa incertidumbre pesa mucho en una finca con márgenes ajustados. Por eso la conversación debería hablar menos de convencer al productor de que «es una buena idea» y más de cómo financiar los años que hacen falta para llegar al beneficio.
Y hay una segunda barrera, de la que se habla menos: el conocimiento. Muchos productores no tienen formación específica en estas prácticas ni asesoría técnica cerca, así que los errores de implementación se pagan caro o el intento se abandona antes de ver resultados.
Esa es una de las razones por las que enseñamos. Nosotros tuvimos la suerte de formarnos con CIPAV, y no todo el mundo tiene esa puerta abierta.
Para nosotros la parte más difícil ha sido el orden: sembrar a tiempo, mover el ganado cuando corresponde y controlar las malezas antes de que se conviertan en un problema.
En un sistema convencional, muchos errores se resuelven comprando un insumo. En uno regenerativo, muchos errores se pagan con tiempo.
Entonces, ¿es posible hacer ganadería regenerativa?
Sí.
Con condiciones, eso sí. Una ganadería no se vuelve regenerativa por poner unos árboles en el potrero. La vaca sigue produciendo metano, el suelo deja de capturar carbono cuando llega a su equilibrio, y el sistema tiene costos que hay que sostener durante años.
Lo que sí cambia es el diseño. Regenerar es organizar la finca para que el ganado, el suelo, el pasto, los árboles y la biodiversidad trabajen juntos en lugar de estorbarse. Ninguna de esas piezas funciona sola, y ahí está la diferencia con el modelo que criticamos al principio.
Y cambia la pregunta. La discusión debería ser qué tipo de ganadería queremos tener sobre los millones de hectáreas que ya están destinadas a ella.
Ahí es donde creemos que está la conversación importante.
Así producimos nuestra leche
Desde hace más de 15 años venimos transformando nuestra ganadería, y hoy conocemos cada parte del sistema. Nuestras vacas rotan por potreros arbolados y comen pasto, forraje de los árboles y silo del maíz nativo que sembramos aquí mismo.
Por eso nuestra leche es especial: sabemos qué comió el animal y en qué suelo creció ese alimento.
Aprende a hacerlo
En el curso de ganadería regenerativa se recorre el sistema completo, con la rotación, los árboles, el silo y el suelo abierto con pala para verlo por dentro.
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