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Conservación

Vivimos en el segundo país más biodiverso del mundo

Reserva Natural Los Chagualos · 12 de agosto de 2026 · 5 min de lectura

La laguna y las montañas de la Reserva Natural Los Chagualos

Hasta donde sabemos, en todo el universo conocido hay un solo lugar con vida. Todo lo demás que hemos alcanzado a mirar es roca, gas y hielo.

Y sobre este planeta la vida tampoco está repartida por igual. Hay regiones donde apenas se sostiene y hay unas pocas donde se desbordó. Colombia es una de esas pocas, y esta finca queda adentro.

Diez por ciento de la vida del planeta

Colombia ocupa cerca del 0,7 % de la superficie terrestre y alberga alrededor del 10 % de las especies conocidas. Por eso se le reconoce como el segundo país más biodiverso del mundo, detrás de Brasil, que es siete veces más grande. Metro por metro, ningún país grande concentra tanta vida.

Es también el país con más aves del planeta, con unas 1.954 especies, y el primero en orquídeas. Las cifras salen del Sistema de Información sobre Biodiversidad de Colombia (SiB), que coordina el Instituto Humboldt.

Esa concentración tiene explicación, y son cuatro cosas que se juntaron.

El trópico. Aquí nunca llegaron las glaciaciones que en otras latitudes acababan con buena parte de la vida cada cierto tiempo, así que la vida se fue acumulando sin interrupciones durante millones de años.

Los Andes. Partieron el territorio en tres cordilleras y dejaron montones de ambientes aislados. Poblaciones que antes eran la misma quedaron separadas por una montaña y siguieron cada una por su lado hasta volverse especies distintas.

Una montaña tropical no es un solo lugar. Es una pila de climas puestos uno encima de otro, y cada franja de altura tiene especies que no viven ni más arriba ni más abajo.

Dos océanos. El Pacífico y el Caribe traen climas y costas distintas, cada una con su propia vida.

El puente entre dos continentes. Cuando Centroamérica cerró el paso hace unos tres millones de años, este pedazo se volvió la puerta por donde cruzó la fauna en ambas direcciones, y muchas de las dos se quedaron.

Hay algo más, y esta vez tiene que ver con el calendario: aquí no hay invierno. Donde sí lo hay, la vida tiene que resolver varios meses sin comida, y eso favorece especies aguantadoras que comen de todo. Aquí siempre hay algo floreciendo, así que una especie puede darse el lujo de vivir de una sola cosa. De ahí salen las rarezas que uno ve en el campo, como un colibrí con el pico curvado igual que la flor que visita.

Esa especialización es lo que produce tanta variedad, y es al mismo tiempo su punto débil. Una especie que vive de una sola cosa desaparece cuando esa cosa desaparece. Por eso lo que pase con estos bosques importa tanto.

El Valle del Cauca, la mitad de las aves del país

Lo interesante es que el fenómeno se repite hacia adentro. En el Valle del Cauca se han registrado cerca de 989 especies de aves, algo más de la mitad de todas las del país, en un solo departamento.

La razón vuelve a ser la geografía. En pocos kilómetros el Valle pasa de la selva húmeda del Pacífico a la cordillera Occidental, baja al valle plano del río Cauca con sus humedales y sube otra vez por la cordillera Central hasta el páramo. Cada escalón tiene su propia comunidad de aves.

Ave de cabeza azul entre las ramas de un arbusto de la reserva
Una de las aves que amanecen en la reserva. Cada escalón de la cordillera tiene su propia comunidad.

El bosque que quedó, quedó en pedazos

La reserva está en La Marina, zona rural de Tuluá, sobre la falda de la cordillera Central que mira al valle. Y vale la pena mirar el valle desde acá, porque explica bastante.

La llanura del río Cauca es uno de los paisajes más transformados de Colombia: lo que era bosque seco y humedales hoy es caña, cultivos y ciudades. Esa transformación empujó la vida hacia arriba, hacia las montañas de los dos costados, que es donde todavía queda algo.

El problema es que arriba tampoco quedó todo junto. Lo que hay de bosque está en pedazos, separados por potreros y cultivos, cada uno funcionando como una isla.

Un parche de bosque aislado se empobrece con el tiempo aunque nadie lo toque. Las especies que se van no son reemplazadas y las poblaciones pequeñas terminan cruzándose entre parientes. Un bosque solo se muere despacio.

El corredor biológico que proponemos

Cerca de nosotros está el Jardín Botánico Juan María Céspedes, en Tuluá, que también conserva bosque. Dos áreas cercanas valen más que las dos por separado si existe algo por donde la vida pueda moverse entre ellas. Eso es un corredor biológico, y no necesita ser bosque continuo. Puede ser una cadena de cercas vivas, un cañón de quebrada con vegetación, un potrero con suficientes árboles como para que un ave se atreva a cruzarlo.

Ahí está la dificultad, porque un corredor no lo construye una finca sola. Atraviesa varios predios, de manera que depende de que los propietarios lleguen a un acuerdo. Es la propuesta que estamos llevando a nuestros vecinos, y no implica que nadie deje de producir. Consiste en dejar crecer la vegetación a lado y lado de la quebrada, levantar las cercas con árboles vivos y no intervenir los relictos de monte que ya no tienen uso.

Lo que hace la propuesta más fácil de conversar es que casi todo eso también le sirve al que produce, como contamos en el artículo sobre ganadería regenerativa.

Bosque andino conservado en la Reserva Natural Los Chagualos
250 hectáreas que valen por sí solas y valdrían todavía más conectadas con lo que hay alrededor.

La lluvia nos llega de la Amazonía

Falta una conexión más, y es la que más nos gusta contar.

La humedad del Atlántico entra al continente y cruza la Amazonía. Al pasar sobre la selva no sigue de largo, porque cada árbol evapora agua por sus hojas y la devuelve a la atmósfera, así que el flujo continúa hacia el oeste cargándose más y más. A eso lo llaman ríos voladores, y mueve del orden de 20.000 millones de toneladas de agua al día hasta que se estrella contra los Andes, sube, se enfría y cae.

La lluvia que moja este bosque y llena la laguna pasó antes por la Amazonía y salió de las hojas de árboles que no vamos a ver nunca.

Lo que se tumba en la selva no se queda en la selva. Si la Amazonía deja de reciclar humedad, llueve distinto en los Andes, y eso llega hasta el cafetal de una finca en Tuluá.

Por qué conservamos estas 250 hectáreas

Si uno junta todo, queda una cadena bastante clara. Un planeta que es el único con vida que conocemos, un país que concentra la décima parte de esa vida en menos del uno por ciento del territorio, un departamento que guarda la mitad de las aves de ese país, y una lluvia que viene de la selva amazónica. Todo eso está pasando en el mismo sitio donde tenemos las colmenas.

No escogimos este lugar por estratégico. Es la finca de la familia y llevamos años aquí. Pero entender dónde estamos parados es lo que le dio sentido a todo lo demás, y es la razón por la que decidimos conservar estas 250 hectáreas en vez de darles otro uso.

Si eres vecino y llegaste hasta aquí leyendo, hablemos. Lo del corredor solo pasa si lo hacemos entre varios.

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