Café
Llevamos nuestro café a Milán y lo convertimos en un juego
Llevamos el café de la reserva a una cafetería de Milán y, antes de servirlo, pusimos a los asistentes a producirlo en un juego de mesa. Es la experiencia que llamamos Detrás de la taza, y así fue.
En una cafetería de Milán, sobre las mesas todavía no había café. Había tableros de cartón, billetes de juguete, fichas y unas figuritas de caficultor recortadas en papel.
La gente había llegado a probar un café colombiano. Antes de servírselo, les pedimos que lo produjeran.
Lo hicimos por una razón. El origen de un café se cuenta casi siempre con las mismas tres palabras —artesanal, sostenible, de finca—, y de tanto repetirlas dejaron de significar algo. Se leen en la bolsa y se olvidan antes del primer sorbo. Queríamos ver qué pasaba si en lugar de contarlo, lo poníamos a jugar.
Cada mesa recibió una finca
El tablero tenía las cuatro etapas por las que pasa el café: siembra, cosecha, beneficio y venta. Cada grupo empezaba con una finca y un presupuesto, y en cada etapa tenía que elegir un camino. Ninguno era gratis.
- Siembra. Tumbar los árboles para meter más plantas de café, o sembrar bajo sombrío y aceptar menos plantas por hectárea.
- Cosecha. Pagar bien el jornal, o recortarlo para que la cuenta cierre.
- Beneficio. Quedarse con el proceso tradicional, o invertir en uno que dé mejor taza.
- Venta. Vender el bulto a quien pase comprando, o construir marca propia y demorarse más en ver la plata.
Las mesas discutían. Alguien sacaba cuentas, alguien decía que así no se hacía, y al final había que marcar una casilla y seguir. Que es, más o menos, como se decide en una finca de verdad: con información incompleta y con el año encima.
Y entonces llegaban las consecuencias
Lo interesante empezaba después de elegir, porque cada decisión volvía más adelante en la partida y casi nunca como el grupo esperaba.
Tumbar los árboles daba más plantas y más café el primer año; unos turnos después el suelo rendía menos y el verano pegaba más duro. Recortar el jornal cuadraba la caja de ese mes y dejaba la finca sin quien recogiera en la siguiente cosecha. Vender el bulto rápido traía plata inmediata, a un precio que ponía otro.
Nadie tuvo que explicar la moraleja. Cada mesa la sacó sola, viendo cómo se le movían las fichas.
Esa es la tensión que define al oficio, y no solo en el café: casi todas las decisiones que degradan una finca son rentables el primer año. Las que la sostienen se pagan mucho después, si es que alcanzan a pagarse.
Un mercado que compite por precio empuja siempre hacia el primer grupo de decisiones. Por eso el productor que decide al revés necesita a alguien del otro lado dispuesto a reconocer ese trabajo, y para reconocerlo hay que saber que existe. Esa es toda la apuesta de la actividad.
Al final, la taza
Cuando las mesas terminaron su partida, servimos el café: el nuestro, el que crece bajo la sombra de árboles nativos dentro de la reserva y obtuvo 85 puntos SCA en cata de laboratorio.
Ese orden es el que hace la diferencia. Cuando la taza llega después del juego, ya nadie la prueba igual: para entonces cada quien sabe lo que hay que hacer, y lo que hay que dejar de hacer, para que un café sepa así.
Por qué en un proyecto sobre comida
La experiencia hace parte de Under the Plate, un proyecto que trabaja sobre lo que hay detrás de la comida: de dónde viene, quién la produce y qué historias carga.
Nosotros llevamos años contando ese origen desde la finca. Under the Plate lo cuenta desde la mesa. Juntar las dos puntas en una sola actividad era el paso que faltaba.
Lo que aprendimos
Un discurso sobre café sostenible se olvida al salir a la calle. Una decisión que uno mismo tomó y le salió mal, no.
Es la misma manera de enseñar que usamos en el curso de café regenerativo y en el curso que cocreamos con la FADP: en vez de explicar el problema, ponemos a la gente a resolverlo.
La distancia entre quien cultiva el café y quien se lo toma se acorta rápido cuando al segundo le toca decidir por el primero. Aunque sea con billetes de juguete, y aunque sea a nueve mil kilómetros de la finca.
Lleva la experiencia a tu mesa
La hacemos en cafeterías, empresas, colegios y ferias, en Colombia y fuera del país. Llevamos los tableros y el café; tú pones la mesa.
Conoce la experiencia